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viernes, 8 de julio de 2016

ENERGÍA VERSUS ECOLOGÍA



Rigoberto Pitti- Publicado en PanoramaCatolico.com, el 26 de julio de 2015.

La globalización del paradigma tecnocrático ha llevado a la sociedad dominante a la falsa idea de que “existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos” (Francisco, Laudato si, 106).

Este mito está siendo socialmente alimentado en las ciudades, donde cada día se demanda más energía para mover una economía que pretende crecer de manera infinita e ilimitada (otra falsa premisa).

Entonces pareciera que nuestra sociedad se tensiona entre la demanda energética de los nuevos centros comerciales, los edificios ultramodernos y las mega-obras; y, por otro lado, la capacidad y disponibilidad de fuentes energéticas que provee nuestra madre tierra. Mientras los ciudadanos de las ciudades exigen electricidad y las empresas quieren asegurar sus inversiones; los habitantes de las áreas rurales defienden las fuentes de agua que, de manera voraz, pretenden acaparar las empresas generadoras de energía.

Francisco nos advierte que no podemos buscar respuestas urgentes y parciales a estos problemas ambientales. “Debería ser una respuesta distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el grave paradigma tecnocrático” (No. 111).


El Papa propone como un paso fundamental en este cambio de paradigma, una conversión ecológica, que implica “vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios (como una) parte esencial de una existencia virtuosa” (217). Además, implica vivir las consecuencias del encuentro con Jesucristo, en nuestras relaciones con el mundo que nos rodea.

miércoles, 15 de julio de 2015

LAUDATO SI


(Publicado en www.panoramacatolico.com, Panamá, los días 28 de junio, 5 y 12 de julio de 2015, en la Columna de Justicia y Paz, página 14).

Alabado seas, mi Señor”. Así comienza la encíclica ecológica del Papa Francisco, inspirado en el cántico de San Francisco de Asís a todas las criaturas. En esta ocasión es un llamado urgente a todos los habitantes del planeta, debido al deterioro ambiental global de nuestro tiempo.

Francisco, en el No. 15, señala que “esta Carta encíclica… se agrega al Magisterio social de la Iglesia”; por lo que la Comisión de Justicia y Paz, compartirá a partir de ahora en este espacio y en los demás medios de comunicación disponibles, aquellos aspectos más relevantes del documento.
Una mirada general de la encíclica nos lleva a reflexionar sobre el desafío urgente de proteger “nuestra casa común”, la necesidad de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral; a impulsar un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta; y a pensar en una solidaridad universal nueva para reparar el daño causado por el abuso humano a la creación de Dios.


He aquí los ejes que atraviesan toda la encíclica: la relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y al poder de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.

1. ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

La encíclica Laudato si, nos lleva en su primera parte a hacer un profundo análisis de lo que está pasando actualmente en nuestro planeta. Temas como el calentamiento global, la contaminación, la basura y la cultura del descarte, la cuestión del agua, la pérdida de biodiversidad, el deterioro de la calidad de la vida humana, la decadencia social y la inequidad planetaria; son sólo algunas de las preocupaciones más importantes.

Hay problemas globales como el cambio climático que ameritan respuestas globales de los Estados y de la comunidad internacional. Pero también hay problemas como el agua, que tienen dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, que plantean desafíos  a los gobiernos nacionales y locales.

“La provisión de agua permaneció relativamente constante durante mucho tiempo, pero ahora en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término” (No. 28). De ahí que la disputa por el agua se ha convertido ya en causa de múltiples conflictos a nivel planetario.

Dice además el Papa que “mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado” (No. 30). 

Francisco enfatiza en la encíclica que el actual sistema mundial es insostenible (No. 61) y hay que tener la disposición de cambiar de estilo de vida, producción y consumo; a la vez que anima a la creación de un sistema normativo que asegure la protección de los ecosistemas.

2. EVANGELIO DE LA CREACIÓN

El Papa Francisco titula el segundo capítulo de la encíclica Laudato si, el Evangelio de la Creación. Resalta que las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos y a otros creyentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza, así como de los más frágiles. Después de crear al ser humano, los relatos bíblicos nos dicen que “Dios vio todo lo que había hecho y era muy bueno” (Gn 1,31).

Aunque se haya malinterpretado el relato del Génesis que invita a “dominar la tierra” (Gn 1,28); lo cierto es que también nos invita a “labrar y cuidar” este hermoso jardín (Gn 2,15). Como seres creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos la tremenda responsabilidad de administrar estos bienes otorgados por Él.

En su reflexión teológica, Francisco ofrece una amplia guía de los escritos bíblicos que desde el Antiguo Testamento, nos llevan a comprender el valor de la tierra más allá que una simple cosa. “La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos” (76). Por ello, todos los seres del universo conformamos una especie de familia, en comunión, que nos mueve a un respeto sagrado (89).

En Jesús, se realiza ese vínculo divino con la creación. Los diálogos con sus discípulos, las parábolas, el recorrido por los campos, muestran esa armonía con lo creado. A partir de la encarnación, el misterio de Cristo se manifiesta con humildad en el conjunto de la realidad natural, para llevarla a la plenitud.

martes, 16 de junio de 2015

NUESTRA CASA


Por: Rigoberto Pitti (Publicado en www.panoramacatolico.com, el domingo 21 de junio de 2015). 

Dos acontecimientos ocurridos en días pasados nos llenan de esperanza. El primero se refiere a una de las conclusiones de la reunión anual de los países más ricos del planeta (el G7), que acordaron reducir en las próximas décadas  sus emisiones de gases que provocan el efecto invernadero, para avanzar hacia un futuro global libre de carbono. Luego, nos alegramos con la publicación de la Encíclica Laudato si (Alabado seas), que acaba de publicar el Papa Francisco, cuyo tema central es el cuidado de nuestra casa común, el planeta Tierra.

En ambos casos, se hace un balance de la situación crítica, que Francisco llama fragilidad ecológica. Esta realidad la sufren especialmente los países menos desarrollados, donde se incrementan problemas relacionados con el acceso al agua, la pérdida de biodiversidad, el deterioro de la calidad de vida de las personas y las desigualdades a nivel planetario.

Laudato si, nos recuerda el tercer principio de la Doctrina Social de la Iglesia, de que hay una hipoteca social sobre el derecho a la propiedad. El medio ambiente, como un bien colectivo y como un patrimonio de la humanidad, está por encima de intereses particulares y todos debemos responsabilizarnos por su cuidado.


Como cristianos, estamos llamados a educarnos y cultivar una espiritualidad en armonía con el ambiente. Aprender que todo está relacionado. Que si le hacemos daño al planeta, nos hacemos daño a nosotros mismos y a las futuras generaciones. Esto implica cambiar nuestros estilos de vida. De una cultura del descarte y consumista, tenemos que cambiar a un estilo de vida centrado en el cuidado y la conservación de la naturaleza y de las cosas.

FRAGILIDAD ECOLÓGICA



Por Rigoberto Pitti B. (Publicado en www.panoramacatolico.com, domingo 31 de mayo de 2015).

Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido… estrechamente al mundo que nos rodea”. Así se refiere el papa Francisco a la relación entre el ser humano y la naturaleza en Evangelii Gaudium, No. 215-216. Esta relación implica que la fragilidad de la tierra, del agua, de las plantas y los animales; es una amenaza para nuestra propia especie.

La explotación indiscriminada de los recursos que nos ha regalado el Creador, así como los intereses económicos de algunos empresarios inescrupulosos, están llevando a nuestro mundo a profundas crisis que afecta la vida presente y la de futuras generaciones.

El interés económico de unos pocos no debe ser superior al bien común y al destino universal de los bienes. “Todos los demás derechos, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, están subordinados (al destino universal de los bienes): no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización” (Populorum Progressio, 22).

Cuando los pobladores urbanos, ambientalistas, indígenas y campesinos levantan protestas por el acceso al agua y en defensa de la naturaleza, no es con el interés de causar conflictos, ni de hacer prevalecer intereses particulares; sino el de conservar y cuidar la vida que de todos.


Hay unas condiciones favorables en el país para que se declare el derecho al agua para uso doméstico como asunto de prioridad nacional. Los grupos de la sociedad civil y muchas autoridades locales están a favor de esta política de Estado, que debe implementarse con carácter de urgencia. En el amor de Dios, los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del mundo en que vivimos.